DESAGRAVIO AL ECCE HOMO
Desde 1997, en los momentos previos a la formación de la Procesión del Silencio, se desarrolla el emotivo acto denominado ‘desagravio’ ante las puertas del Templo de Santa María de Gracia, y ante el Trono del Ecce Homo situado en el umbral de la Iglesia. Los soldados romanos californios rinden honor a la imagen de Cristo en la tarde de Jueves Santo. Tras la lectura y oraciones realizan la ofrenda de una corona de flores que la imagen llevará a sus pies durante la procesión.
En el año 2026, como novedad, se creón un concurso entre los miembros de la Sociedad de Escritores de Cartagena, siendo este año 2026 el ganador D. José David Nieto Ros con el siguiente escrito:
Yo estuve allí.
No como nombre, sino como brazo.
No como conciencia, sino como obediencia.
Fui uno de los que aprendió a cumplir órdenes antes que a mirar a los ojos. Uno de los que confundió la disciplina con la justicia y el ruido del poder con la verdad. Aquella mañana no sabíamos que la historia no te estaba juzgando a ti, sino a nosotros.
Te trajeron cubierto de sangre y silencio. No gritaste. No maldijiste. No suplicaste. Y ese silencio, más que cualquier palabra, nos desarmó por dentro, aunque lo ocultamos tras la burla. Estábamos acostumbrados al miedo ajeno, a la súplica que se arrastra, al odio que responde al golpe. Pero tú no devolviste nada. Y eso nos inquietó.
Te vestimos de escarnio.
Una púrpura falsa.
Una caña ridícula.
Una corona hecha de dolor.
Cada gesto nuestro era una herida más, y aun así, en tu rostro no encontramos el reflejo de nuestra crueldad. Reímos para no pensar. Porque la risa del verdugo es siempre un refugio contra la conciencia. Nadie quiere reconocerse culpable cuando lleva un uniforme.
“Ecce Homo”, dijimos.
Y sin saberlo, nos señalábamos a nosotros mismos.
Porque allí estabas tú, Hombre herido, cargando con un peso que no era tuyo.
Y allí estábamos nosotros, hombres rotos, descargando el nuestro sobre tu carne.
Hoy comprendemos que no fue el hierro el que te sostuvo en pie, sino el amor. No fue la fuerza la que te mantuvo erguido, sino el perdón que ya estabas ofreciendo mientras te heríamos. Nosotros golpeábamos; tú redimías. Nosotros humillábamos; tú elevabas. Nosotros obedecíamos órdenes; tú obedecías al amor.
Por eso volvemos ahora.
No con lanzas ni cascos.
No con dados ni burlas.
Volvemos desarmados de tiempo y de soberbia. Dejamos caer aquello que nos definió entonces: la violencia, la excusa, la obediencia ciega. Venimos con las manos vacías, como solo puede venir quien reconoce su culpa.
Perdónanos, Señor, por cada golpe que dimos sin saber a quién heríamos.
Perdónanos por cada injusticia que seguimos repitiendo cuando preferimos obedecer antes que amar.
Perdónanos porque aún hoy seguimos coronando de espinas a los inocentes, llamando ley a la crueldad y orden al silencio.
Míranos ahora.
Ya no gritamos.
Ya no reímos.
Ya no mandamos.
Solo suplicamos.
Que tu mirada —la misma que atravesó nuestra violencia sin devolverla— nos alcance también hoy. Que al pronunciar de nuevo Ecce Homo sepamos reconocer, por fin, en tu rostro desfigurado el rostro verdadero del Hombre…
y el camino que nunca supimos seguir.
José David Nieto Ros